«Luisito se muere, Jacinto mío, el nene se nos va á todo escape»—decía Claudia demostrando su dolor en lo tembloroso de su escritura.—«El nene se nos va...»—decían aquellos renglones, que parecían sollozar. Jacinto necesitó leerlos veinte veces para convencerse de que lo escrito por Claudia quería decir eso... «El nene se muere... el nene se nos va».
Esta carta, recibida por Jacinto en la oficina, causó en todos los compañeros honda impresión.
—Váyase usted hoy mismo—dijo el Jefe—, y no se preocupe de la vuelta; tómese los días que necesite.
El permiso ya estaba; pero ¿y el dinero para el viaje? Jacinto, como una exhalación, dirigióse en busca del habilitado; éste, enterado de lo que le ocurría á Jacinto, se apresuró á facilitarle lo que pedía: diez duros. El compañerismo es uno de los pocos instrumentos que, en el humano concierto, suele dar notas dulces y afinadas.
Cuando el angustiado Jacinto llegó al pueblo, era tarde: «el nene se había ido ya». El pobrecito había volado al cielo sin poder ver á «papa», por el que había clamado incesantemente en sus últimos momentos; su cuerpecito inmóvil, rígido, pálido como la cera, estaba allí, encerrado en la cajita blanca, esperando los últimos besos de papa; su almita, que había salido de este mundo sin odios ni rencores, moraba ya en las regiones donde los unos se aman á los otros...
VI
El tren corría con una velocidad espantosa; á lo menos, así lo creía Jacinto, en su deseo de no llegar nunca á Madrid. El matrimonio, con los dos niños, ocupaba un modesto departamento de tercera, el cual le ofrecía la única comodidad que podía ofrecer un cajón de madera: iban solos. Merced á esta dichosa casualidad, se habían podido instalar desahogadamente. Los dos chiquitines, echados en opuesto sentido, ocupaban uno de los bancos, que el amor maternal había procurado mullirles con algunas ropas; pero no eran ellos mozos que repararan en ciertas pequeñeces y dormían á pierna suelta, cubiertos ambos con una misma manta.
Claudia, en uno de los extremos del banco opuesto, reclinaba la cabeza en la pared del coche, cuya dureza soportaba, merced á le blandura que le proporcionaba su espléndida cabellera. Jacinto, en el otro extremo, daba vueltas y más vueltas en su magín al pavoroso problema que ya llevaba planteado á Madrid.
Dentro de cinco días cobraría su paga; pero ella vendría á sus manos mermada con el quinto del prestamista y los diez duros adelantados graciosamente por el habilitado. Con el resto, si es que resto podía llamarse á lo que quedaba, había que atender á un sinfín de necesidades. ¿Qué diría el casero, viendo que transcurría un mes más sin pagarle? Jacinto sudaba copiosamente al pensar en este capítulo...