¿Para qué se empeñaron sus padres en que estudiara, en que fuera señorito? ¿Por qué no le dejaron en el pueblo, entregado á las faenas del campo, como su padre? ¿Qué adelantaba él con saber, si ello no le servía más que para sufrir?

Llegaron á Madrid, llegaron á la silenciosa morada; corrieron los chicos en busca de sus juguetes, de sus cajas, de sus gorros de papel, de sus palitroques con cuerdas que hacían las veces de látigos, y sus alegres vocecillas ahuyentaron las sombras, el silencio que reinaba en ella. Ya no se les reñía porque jugaran; al contrario, los padres deseaban sus gritos, sus voces, sus carreras por el pasillo, sus lloriqueos, porque así les parecía más risueña la vida.

Descansaron aquel día sin contratiempo alguno; pero al siguiente, no bien se hubo levantado Jacinto para ir á la oficina, la portera cayó sobre ellos como maza de plomo que les machacara los cráneos.

El administrador había estado, dejándole encargado que, cuando regresaran, les advirtiera que de no pagar, por lo menos, un mes de los atrasados, se procedería al desahucio.

Jacinto sintió que el cielo se les desplomaba encima y le aplastaba.

La portera, una buena mujer que quería mucho á Claudia y á los niños, viendo á Jacinto tan apurado, se permitió darle un consejo.

—El señorito—dijo—debe ir á ver al propietario y hablar con él; tiene mejor corazón que el administrador, y quizá consiga un mes de plazo.

Jacinto asió el consejo como tabla salvadora, y fuése á la oficina, resuelto á ponerlo en práctica al salir de ella.

El recibimiento que le hicieron en la oficina fué por todo extremo cariñoso.

Pepe dijo que el chico ya no tenía remedio y que, por lo tanto, había que conformarse: á mal tiempo, buena cara.