Las horas transcurrieron para Jacinto lenta y penosamente, oyendo aquellas frases de ritual. ¿Quién les diría á sus compañeros que él, Jacinto, tenía que cometer la felonía de olvidar al chiquitín para pensar en el enojoso asunto que tenía que ventilar al salir de allí?
Llegó, por fin, el momento de abandonar aquel lóbrego Negociado, y Jacinto, á todo escape, sintiendo que el estómago se le subía á la garganta, como el día que fué á empeñar la pulsera, se encaminó á casa del propietario.
Una doncellita de ojos alegres y vivarachos le introdujo en el despacho, diciéndole que esperara... ¡Terrible espera!
Unos segundos después, un caballero anciano, de rostro sonriente, penetró en la habitación.
A las primeras palabras de Jacinto diciendo quién era, el rostro del caballero se estiró cuarta y media, adquiriendo una seriedad pavorosa.
«Él no podía hacer nada en el asunto; su administrador era el encargado de todo lo concerniente á las casas. Comprendía la crítica situación en que se hallaba Jacinto; pero eran tantos los que se hallaban en igualdad de circunstancias... que, sintiéndolo mucho, no podía demorar ni un solo día el desahucio... ¡Eran dos meses ya! ¡Por aquel camino iría derechito á la ruina, á verse en el mismo estado en que se hallaba Jacinto, y eso...!»
Inútiles fueron los ruegos y las súplicas del pobre oficinista, que ya veía á su mujer y á sus hijos en la calle...
Lentamente, limpiándose el sudor que brotaba copiosamente de su frente, bajó Jacinto las escaleras. En la puerta de la calle, detúvose unos momentos; miró para arriba, para abajo, á las casas de enfrente, como si se hallara en una ciudad desconocida, y, por fin, tomó calle arriba con paso reposado, cual hombre feliz que pasea sus ocios.
La espantosa crisis nerviosa que interiormente sacudía al infeliz duró algunos instantes; después, su organismo, falto ya de energías, sufrió un aplanamiento enorme; los nervios, que llegaron al máximum de tensión, amenazando romperse, aflojaron poco á poco, dejando que se apoderara del cuerpo un enervamiento, una laxitud semejante al crepúsculo del sueño.
Jacinto, al llegar al final de la calle, se volvió á mirar la casa de donde había salido, como si quisiera fotografiarla en su memoria; después reanudó su marcha, hablando consigo mismo.