Escuela de humorismo

El Jefe del Negociado 2.º—el departamento no hace al caso—, sentado ante la mesa de su despacho, concluyó, sin duda, el estudio de unos documentos que tenía delante, por cuanto, colocándolos todos juntos, unos sobre otros, dejó caer sobre ellos, á modo de pisapapel, su gruesa mano derecha; recostóse en el sillón que le servía de asiento, contemporáneo de Isabel II, como todos los demás muebles que había en el despacho, y meditó breves instantes; después, inclinando la cabeza hacia la puertecilla, siempre abierta, que ponía en comunicación su despacho con el que ocupaban los oficiales, formuló la siguiente pregunta, con recia voz de bajo profundo:

—¿Quién tiene las tripas de Antonio Rodríguez?

Los oficiales, al oir la voz del Jefe, suspendieron su tarea y se miraron unos á otros.

—¿Qué ha dicho?—preguntó en voz baja el más joven de ellos, llamado Gutiérrez, á su compañero Martínez, que estaba sentado ante una mesa frontera á la suya.

—Pregunta por las tripas de no sé quién—respondió el interpelado.

Como quiera que el Jefe no obtuviese respuesta á su pregunta, apareció en la puertecilla de comunicación, con los antes citados papeles, formulándola de nuevo:

—He preguntado, que quién tiene las tripas de Antonio Rodríguez.

—Tú, Pepe, ¿no las tienes?