—No, hombre, no; ¡yo qué voy á tener!

—A que resulta que no las tiene nadie—refunfuña el Jefe.

—Yo no las tengo—vuelve repetir Pepe—; se las di á Jacinto hace cinco días... Tú, Jacinto, tú las tienes.

—¡Ah! sí, es verdad—replicó el llamado Jacinto—; aquí las tengo, en el cajón.

—Vamos... vamos—dice el Jefe, malhumorado por la tardanza en encontrar las susodichas tripas—. En qué estará usted pensando... ¡En escribir algún cuentecito de esos que le ponen á uno la carne de gallina!... ¡Ni sé cómo le admiten ninguno!

Un coro de carcajadas siguió á las palabras del Jefe. Jacinto, abochornado y corrido, buscaba en los cajones de la mesa los malditos documentos que constituían las tripas del expediente de Antonio Rodríguez.

—Tome usted—dijo el Jefe, echando los papeles que tenía en la mano, sobre la mesa de Jacinto—. Cósale usted la cabeza y la nota, y téngalo listo para bajarlo luego á la firma. Pero tenga usted cuidado, no vaya á coser algún cuentecito de esos tan distraídos, entre las tripas.

Nueva explosión de risa, que fué en aumento al salir el Jefe, y que se prolongó largo rato, aumentando el azoramiento de Jacinto. Al fin, éste, queriendo disimular, hubo de decir:

—¡Qué barbaridad!... ¡A ver si es que nos vamos á reir todos!

De tal modo dió á entender con la entonación de sus palabras lo corrido que se hallaba, que las risas llegaron á su colmo.