Jacinto, de un humor rematado, doblaba los documentos que, por fin, había encontrado, en forma adecuada para ser cosidos con el expediente.
Cuando la hilaridad dió lugar á las palabras, dijo Gutiérrez:
—No te enfades, Jacinto...
—¡No te enfades!—murmuró éste—. Os creeréis que voy á servir de mono.
—Pero si es que el Jefe tiene razón; si es que escribes cada cosa que le pones á cualquiera los pelos de punta.
—¡Pues no las leas!
Nuevas carcajadas estallaron en el Negociado.
—Si escribieras cosas cómicas, verías cómo ganabas más.
—¡Para escribir cosas cómicas estoy yo! ¿Es que tú te figuras que con 6.000 reales de sueldo, mujer y tres hijos, se pueden escribir cosas cómicas?