—Anda ése...—dice Pepe terciando en el diálogo—. Lo menos te has figurado tú que los demás no tenemos familia... ¡Bueno!
—Yo no te digo que tengas familia ó que dejes de tenerla; lo que yo te digo es que cuando se llega á casa y se ve lo que se ve... no se puede tener humor de escribir cosas cómicas.
—¡Toma... toma...! ¿Y me quieres decir á mí qué adelantas con ponerte fúnebre? ¡A mal tiempo, buena cara! ¿Que te hace falta una cosa y no la puedes comprar? ¡Pues te pasas sin ella!
—Eso... eso...—grita Gutiérrez.—Mira, á mí me hacía falta haber comprado una cajetilla cuando he venido esta mañana...
—Y á mí también me había hecho falta que la hubieras comprado—añadió vivamente Martínez—; así no te hubieras fumado los pocos pitillos que me quedaban.
—No te apures, hombre, no te apures por eso... Oye, tú, Pepe... echa un pitillo, que éste no tiene... y yo no he podido comprar...
—Oye, tú—contesta Pepe, remedando el tonillo de Gutiérrez—: cuando á uno le hace falta una cosa... y no la puede comprar, ya sabes lo que acabo de decir: se pasa uno sin ella.
—Bueno, Pepito; pero antes se cuenta con los amigos... como tú.
—Sí, ¿eh? Pues desde este momento puedes romper las amistades.
—Vamos, no seas así, Pepe... Si ya sabemos que tú eres un hormiguita que te llega el tabaco hasta fin de mes... Danos uno que sea gordo, y haremos dos. ¡Me parece que no podemos hacer más...!