—Toma... ahí tienes—dijo Pepe, tirando dos pitillos por el aire—; pero despídete, ¿eh? despídete.
Los demás protestan airadamente, y Pepe no tiene más remedio que echar una ronda; lo cual le pone de un humor de todos los demonios.
—Lo que es mañana, como no os fuméis los mangos de pluma...
—Calla, burgués; no gruñas.
Jacinto, sin despegar los labios, y contento porque el giro de la conversación se hubiera desviado de su persona, daba fin al cosido del expediente.
—Verdaderamente, y yo lo declaro así,—dijo Montalbo, el oficial de más categoría del Negociado, que no había despegado los labios hasta la fecha—, es deprimente para nosotros y es vergonzoso para el Estado, que unos funcionarios públicos, como nosotros, no tengamos para fumar el día 26 de mes; porque yo, sin rubor lo manifiesto, tampoco tengo tabaco.
—No tendrás tabaco, pero bien chupas—agrega Pepe, que tiene clavada en el corazón la ronda de pitillos.
—Es vergonzoso que no tengamos para fumar.
—Para fumar... ¿eh?—masculló Jacinto...
—Cállate tú, Jacinto, y no nos amargues la vida—vocifera Gutiérrez.