—De una cosa muy seria—añadió Clotilde dando prueba de su tacto al no insistir sobre una conversación que bien se veía que no era del agrado de D. Sebastián.

—Pues mira, niña; si tan serio es lo que que tienes que decirme—respondió el tío recobrando su tono jovial—, espera que lleguemos al recodito aquel de la carretera y nos sentaremos para no caerme del susto.

Rieron tío y sobrina, no sin que ésta protestara del tono zumbón empleado por él, y llegado que hubieron al sitio indicado, tomaron asiento en el borde de la cuneta.

Quitóse el tío su sombrero de paja, y pasó el pañuelo por su frente para limpiar el sudor que la empañaba. El mes de Julio tocaba á su fin. La tarde declinaba; el sol había traspuesto el horizonte, dejando ver solamente su rojo resplandor; una ligerísima brisa arrancaba á las flores de los diminutos jardines sus preciados perfumes.

Don Sebastián esperó á que pasara un automóvil con su ruido trepidante, y después exclamó:

—Venga de ahí. Vamos, ¿á qué aguardas?

—Es que...—replicó Clotilde poniéndose algo colorada.

—Sea lo que sea, habla.

—Pero ¿me prometes tomarlo en serio?—Y como viera que su tío la miraba con cierta sorpresa, añadió vivamente:—No; si ya sé que tú me quieres mucho, tiíto; que todo lo que yo digo y hago, aunque sea lo peor del mundo, para ti es lo mejor; pero...

—Vamos, chiquita, díme lo que sea, ó vas á ponerme en cuidado—dijo D. Sebastián tomando entre sus manos una de Clotilde y revelando en su semblante alguna inquietud.—¿Qué cosa tan seria es esa que tienes que decirme?