De tal modo elogió Clotilde á su novio, que D. Sebastián hubo de exclamar:

—De modo ¿que tú crees que Felipe tiene todas las condiciones necesarias para hacerte feliz?

—Yo creo que sí. ¿Y á ti qué te parece de lo que te he dicho?

—A mí... no me parece mal; pero has de tener en cuenta que yo no soy el que se ha de casar con él.

Las palabras de D. Sebastián fueron recibidas por Clotilde con grandes risas.

—Hija mía—continuó diciendo D. Sebastián—, tanto los hombres como las mujeres, desde jovencillos, empezamos á crear, allá en nuestra imaginación, en nuestra alma ó en nuestro corazón, que esto, á punto fijo, no se sabe dónde se forma, un modelo de parte contraria, con arreglo á nuestros gustos y deseos, y del cual decimos: es mi tipo.

—¡Cierto!

—Tú, sin duda alguna, tendrás también tu modelo creado; si tu novio se ajusta á él, no debes dudar en casarte.

—¿Y si no se ajusta?