Al llegar á este párrafo, D. Sebastián dejaba caer, como quien dice, las palabras que leía, una á una. Doña Andrea demostró su impaciencia por la lentitud que empleaba D. Sebastián en la lectura.
Lo que le había causado un poco de desilusión á Clotilde, era la campana, la célebre campana de Toledo. No era tan grande como ella se había figurado, por lo que decían; no cabía un escuadrón debajo; pero, vamos, era una señora campana. Ella no se cansaba de ver aquellas cosas una y otra vez, y se reía mucho con Felipe, el que aseguraba que si le dejaran, tiraba todo aquello y hacia una ciudad á la moderna, de primera.
Por las noches, sobre todo, sentía un placer inexplicable en andar por aquellas calles tan estrechas y tan torcidas... ¡Cuánta poesía!... ¡Qué dulce evocación de tiempos que pasaron para no volver! Por las tardes, cuando bajaban hacia la estación del ferrocarril, contemplando el Tajo, y pasaban junto al castillo, parecía que iban á salir los moros y los iban á coger prisioneros. Una noche lo soñó así; y soñó que á ella la vendían á un Sultán, y que á Felipe lo compraron para llevar cubas de agua. ¡Cuánto se reían!...
Felipe decía que estaba loca. Loca estaba, sí; pero loca de contento. ¡Qué bonito debía de ser viajar mucho y ver muchas cosas!... De Toledo saldrían dentro de tres días, pues Felipe decía que aquello era aburridísimo y que, además, no podían perder mucho tiempo, porque la estación avanzaba y no podía desperdiciar la época mejor para sus comisiones. Concluía la carta con un chaparrón de besos y una cantidad incalculable de abrazos. Al final, Felipe escribía también unas cuantas líneas cariñosas.
La carta de Clotilde se leyó cien veces aquel día. Doña Andrea dió doscientas vueltas por las habitaciones de los chicos, para ver si faltaba algo.
El otoño se presentó frío y desapacible, y D. Sebastián tuvo que abandonar el campo, como él llamaba al jardín, y retirarse á cuarteles de invierno.
Nuevas cartas llegaron de Clotilde, que fueron leídas y releídas con tanto amor y alegría como la anterior. Pero la que produjo un júbilo delirante, la que causó una verdadera revolución en el hotel, fué la que recibieron anunciando su salida para Madrid.
Doña Andrea se pasó haciendo pucheros todo el día de tal manera, que su cara parecía fuente con dos caños.
—Pero, hija mía—decíale su marido—, ¿no lloraste cuando se fueron, y lloras ahora, cuando vienen?
A lo que Doña Andrea respondía: