No tardó mucho en dar con la clave; la cosa era indudable: Felipe y Clotilde habían escrito á París y pronto se recibiría el aviso de la llegada del bebé. D. Sebastián sintió una alegría loca... ¡Tanto como á él le gustaban los niños! Ellos habían tenido dos, pero los dos se los había llevado Dios. Ya estaba viendo un chiquitín rubio como el oro, porque seguramente sería rubio, correr y trotar por el jardín. ¡Oh! pero ya se guardaría muy bien de estropear las plantas y de tirar piedras á todos aquellos pajarillos que tan confiadamente se aposentaban en los árboles, porque sabían muy bien que nadie les haría daño.

Esperó, pues, D. Sebastián con verdadera impaciencia la feliz noticia; pero pasaban los días, la tristeza de Clotilde iba en aumento, y la noticia no llegaba.

Un día, no pudiendo resistir más, llamó á su esposa, y haciéndola observar lo que él había notado en Clotilde, le preguntó:

—¿No te ha dicho nada Clotilde de si...?

—¡Nada!—replicó Doña Andrea.

Y cuando D. Sebastián quedó solo, hubo de refunfuñar entre dientes:—¡Claro, hombre, claro: si á un marido con tanta nota y tanto pedido..., no le puede quedar tiempo para nada!

Volvió la primavera, y con ella la sublime explosión de vida y alegría de la Naturaleza.

En todos los hotelitos colindantes se notó el arribo de la estación. Este plantaba claveles; aquél, geráneos; el otro de más acá, que tenía un trocito de huerta, hacía sus siembras de hortalizas; aparecieron los pajarillos cantando alegremente; mostrábase más perezoso el sol para acostarse y más diligente para madrugar; arrinconáronse estufas y braseros, y diéronse á conocer los que ocultaban su rostro entre subidos cuellos y liadas bufandas; volvió, en fin, el alegre vivir de la primavera.

Don Sebastián resucitó también. ¡Con qué alegría veía revivir su muerto jardín! La savia, trepando por los troncos y encaramándose por las ramas, hacía brotar en éstas innumerables puntitos verdes, que habrían de convertirse en nuevas ramas, en hojas, en flores, en frutos. Surgían de las plantas los capullos que, avaros, guardaban su tesoro; acariciábalos el sol amorosamente y las flores asomaban recibiendo temblorosas el primer rayo de sol, cual púdicas vírgenes que reciben en los labios el primer beso de amor; abríanse lentamente, como temerosas de perder sus delicados colores y su dulce fragancia, hasta que, rendidas á las caricias del ardoroso amante, ofrecíanse á él en toda su lozanía, entregábanse sin rebozo á sus besos de fuego que habían de matarlas.

Clotilde ayudaba, siempre que podía, á su tío en aquellas tan agradables faenas.