Felipe seguía en su actividad comercial, no comprendiendo que un hombre que tiene toda la tarde libre no sepa emplearla en otra cosa más provechosa que en cuidar flores y en leer librotes, sentado, á la sombra de un árbol, en un sillón de mimbres ó en un banco rústico.

«Valientes chifladuras, valientes tonterías las que decían Heine y todos aquellos otros tontos por el estilo. Él comenzó á leerlo y tuvo que dejarlo más que de prisa. ¡Que se gastara el dinero en comprar aquellas paparruchas! Si el tío quisiera, podría dedicarse con él al comercio, y ganaría más—decía.»

Sonreía el tío, y con la intervención de Clotilde, se ponía fin á tan enojoso tema:

—«El tío no tiene carácter para eso, Felipe; además, el tío tiene lo bastante para vivir, y no ambiciona más: el dinero no es precisamente la felicidad.»—«¿Que no ambicionaba más? ¡Valiente tontería!»

Felipe no comprendía que nadie pudiera decir: «ya tengo bastante» ¡Cristo!... ¡Con el dinero que había en el mundo!

Los días que el mercantil Felipe se quedaba en casa por la tarde, cosa que sucedía contadas veces, no por eso estaba ocioso: metíase corral adentro, en compañía de Doña Andrea, y haciendo uso de sus conocimientos en esta materia, adquiridos de jovencillo en el pueblo, y teniendo en cuenta los informes de la tía, rara era la vez que entraba en el corral que no salieran dos ó tres de aquellos ovíparos sentenciados á muerte.

Inútil era que Clotilde y su tío pusieran el grito en el cielo, intercediendo por aquellos animalitos: no había apelación posible contra los mortíferos decretos de Felipe.

—Señor, para llegar á formar un buen corral—decía éste—, la selección es lo primero.

—¡Claro!—apoyaba Doña Andrea.

—Las gallinas ¿para qué son? Para que pongan huevos ó para comérselas; ¿no es eso?