—¡Naturalmente!—decía Doña Andrea.—No van á ser para adorno.
—¡Pobrecitas!—gemía Clotilde.
—¡Qué sensiblerías más tontas!—replicaba desdeñosamente Felipe.
—Pero, ¿para qué se quiere tanto huevo?—alegaba D. Sebastián.
—Para venderlos—contestaba Doña Andrea.
—Pero, señor, eso es convertir esta casa en una huevería, y dar lugar á que á ti te llamen Doña Andrea la huevera, y á mí D. Sebastián el huevero.
—Tú dame pan... y llámame tonto.
—Si nosotros no tenemos necesidad de ese comercio para vivir.
—Por mucho trigo nunca es mal año.