Ante este modo de razonar, D. Sebastián tenía que callar... por no hablar.
Y sea por la selección que Felipe hacía ó porque las gallinas llegaron á sentir verdadero terror ante aquel verdugo, es el caso que llegó día en que éstas formaron cola para ir á depositar el huevo en los ponederos; con lo cual Doña Andrea llegó á venderlos por cientos, con harta satisfacción suya y desesperación de D. Sebastián.
V
Una tarde, era ya la hora del crepúsculo, hallábase D. Sebastián en el jardín, sentado en su sitio de costumbre, contemplando una de las infinitas soberbias puestas de Sol que en Madrid se admiran, cuando Clotilde, avanzando lentamente por el jardín, llegó hasta donde su tío estaba.
Tan absorto se hallaba éste en la contemplación del grandioso espectáculo que se ofrecía á su vista, que no se dió cuenta de la presencia de su sobrina.
—Tío—dijo ésta con dulce voz.
—¡Clotilde!
—¿Te molesto si me siento aquí, á tu lado?
—¡Qué disparate, hija mía!—dijo D. Sebastián corriéndose un poco en el banco que le servía de asiento para dejar más espacio á Clotilde.—Pero, ¿qué tienes? ¡Tú has llorado!