—No, no... ¡no he llorado!
—¿Cómo que no, si aun se notan las huellas en tus ojos?
—Es que... Bueno, sí, he llorado; pero por nada, por una tontería. Verás: estaba yo en mi habitación concluyendo de coser unas cosillas, cuando sin saber por qué, empecé á ponerme triste, muy triste... ¡una cosa sin fundamento!
Como ya apenas se veía, dejé la labor y me asomé á la ventana para que me diera un poco el aire. Yo no sé lo que sentí: el poético crepúsculo que se ofrecía á mis ojos, el religioso recogimiento que á estas horas parece reinar en toda la Naturaleza, el misterio con que el día se aleja de nosotros, sin que sepamos si hemos de volverle á ver, me impresionaron vivamente; sentí una angustia grande aquí, en el pecho, y ganas, muchas ganas de llorar... ¡Ya ves qué cosa tan tonta!
—Tus tristezas se resolvieron en llanto.
—Pero si yo no he estado triste nunca.
—¡Pobrecilla!—replicó D. Sebastián sonriendo bondadosamente.—Hace tiempo que lo estás sin darte cuenta... ¡Dónde está tu alegría de otros tiempos!... ¡Dónde las risas con que á todos nos alegrabas!
—Es verdad que hace algún tiempo...
—Algunos meses.
—Bueno, sí; hace meses que siento así como un malestar... una ansiedad... un no sé qué...