Yo tenia la conciencia de haber visitado en otro tiempo, dulce y alegre cuando Dios queria, aquellos mismos lugares, embriagado de luz con la grande epopeya de la Reforma, y tratando de seguir las huellas, como por mi fortuna las seguí de cerca, de Juarez, de Ocampo y Degollado. Pero aunque mi memoria insistia en restablecer el cuadro que entónces se ofreció á mis ojos, no quedaba ni un fragmento, ni un resquicio, ni señal ninguna que sirviese de punto de apoyo á mis recuerdos.
Entónces (1858), mal feridos y desgobernados en nuestros rocines y llevando á cuestas el retumbante título de la familia enferma, llegamos al Manzanillo, Juarez, Ocampo, Leon Guzman, Ruiz Manuel, Cendejas Francisco, Jacinto Aguilar, Zambrano, D. Matías Romero y algunos otros, como perseguida compañía de cómicos de la legua.
Era en aquel tiempo Manzanillo una playa casi desierta en donde la fiebre se enseñoreaba, tenia el apodo de centro mercantil una tienda de lona, habitada por unos alemanes que no interrumpian su eterno sueño sino para agotar toneladas de cerveza ó hacer sus excursiones á la aduana.
Estaba enriquecida con titulo tan afianzador y conspicuo una galera sucia y sombría con el brazo tendido de una viga sobre las aguas, para afianzar los cargamentos que no habia querido recoger el contrabando, porque en cuanto á los náufragos, se encargaban de ellos los tiburones, únicos competidores en voracidad con el hambriento resguardo marítimo.
Unos cuantos jacales hundidos en la arena, como sapos y tortugas que hubiesen dejado en seco las mareas, la falda escabrosa del monte, de que parecian precipitarse enormes peñas, y un cerro avanzado hácia el mar, pomposo y arrogante, que desde entónces, á la entrada de la bocana, pide á gritos un faro, sin que nadie le haga maldito el caso.
Recordaba con enérgica fidelidad, que habiendo llegado muy enfermo y manifestando deseo de ver la bahía, Juarez y Ocampo me hicieron silla de manos y me pasearon en la playa, yendo yo orgulloso y triunfal y con el alma luminosa dentro del pecho, más feliz que sobre el primer trono del mundo: mi amado Pancho Cendejas iba por delante haciendo farsa. De repente volvia los ojos y me sorprendian las brillantes huellas que iban dejando mis conductores (eran los efectos del fósforo): alegres con mis sorpresas, los acompañantes de mis amigos restregaban la arena con las manos y la esparcian refulgente como polvo de luceros....
Ahora el puerto del Manzanillo tiene sus calles regulares, sus tiendas y valiosos almacenes, su capitanía, su cuartel, su plaza, con asientos y embanquetado, y su aduana, que es un edificio de madera con sus amplísimos corredores viendo á la bahía, que es por cierto poética y encantadora.
El Manzanillo sale de las aguas de la laguna de Cuyutlan, sacude su cabellera y se escurre entre dos altísimas montañas: parecen descender, saltando sobre las rocas, casucas alegres con sus huertecitos llenos de flores, á ver pasar á la pequeña ciudad que se asienta en la arena de la playa, entre edificios de apariencia americana, con sus ventanillas con persianas verdes, sus enverjados y sus chimeneas en alto, agitando sus plumeros de humo.