Caminaba al lado de Joaquin Alcalde, haciéndole partícipe de mis impresiones: éste, con sus ojazos negros, su fisonomía animada y su mímica vehemente, acentuaba mi relacion, produciéndome vivo placer.

Vestía Joaquin frac gris y pantalon ajustado, bota fuerte y un fieltro tan elástico y expresivo como la fisonomía del propietario.

Ibamos al acaso, cuando de un balconcillo pequeño, angosto, desdentado y trémulo de barandal, una señora frescachona, morena, alegre y de blanquísima dentadura, nos dió el alto.

—Aquí, Sr. D. Guillermo, aquí, yo soy Fermina, la que asistió á vdes. la otra vez; aquí, en este lugar, vivió el Sr. Juarez, yo tengo la silla en que estuvo sentado, y no la doy por todo el oro de la tierra.... Pasen vdes.

En dos por tres renovamos conocimientos, procuróse una cómoda instalación en una piececita aseada con sus blancas cortinas de musolina en los catres y cómodas butacas de fresca vaqueta en las puertas.

Miéntras yo hacia preguntas á Fermina y la acompañaba, tomando posesion de su casa, Alcalde, en el expendio de tabacos, anexo á la misma casa, se daba á conocer con el marido de Fermina, portugués recalcitrante, recio de carnes, flaco de costillar, con unos nervios como cables y unas venas como tubos de acueducto.

El portugués es marino consumado, atraca junto á un tonel y se queda fresco, fuma unos tabaquillos como baupré de navío y dispara unas desvergüenzas capaces de descalabrar al más pintado.

LIT. DE H. IRIARTE MEXICO.

Puerto del Manzanillo.