En el Manzanillo, y asistidos por Fermina y su consorte, duramos cuatro dias, hasta que el dia 17 las señales del Cerro del Fraile nos anunciaron la llegada del vapor que debia conducirnos para Mazatlan.

El vapor “Granada” en que nos embarcamos es hermoso, y se distingue entre los palacios flotantes, que con el nombre de vapores, atraviesan las aguas del Pacífico.

Sobresale del seno de las aguas el casco inmenso del buque, que apénas cabria en una de las calles que llamamos cabeceras, teniendo mayor altura.

Dos fajas de balaustrados lo ciñen exteriormente, formando corredores, y la superior que es, digámoslo así, la cubierta ó azotea del barco.

En los corredores se ven las puertecitas de los cuartitos ó camarotes.

En el interior, por pisos que comunican régias escaleras, están el amplísimo corredor con sus lámparas, alfombras y muebles riquísimos, y en el piso superior, cuyo techo es la cubierta, hay un salon espléndido con espejos y sofaes riquísimos, mesas y sillones y un soberbio piano que suele ser solaz y contento de la tripulacion, cuando el dios de las aguas echa una cana al aire.

Sobre la cubierta está la elegante estancia del capitan, contigua á un precioso gabinete destinado á los fumadores.

Sombrea la cubierta tendida lona, bajo la que están colocados cómodos asientos de bejuco, ocupados dia y noche por los que se recrean con el espectáculo siempre nuevo y sorprendente del mar.

El “Granada” mide 2,500 toneladas y está al mando de un excelente marino, que es además cumplido caballero.