Luego que hicimos nuestros arreglos de instalacion, pasé revista á mis compañeros de viaje.
Eran ladys deliciosas, entre las que abundaban personas de esmerada educacion; habia una Sussy dulce y melancólica como la estrella de Occidente cuando brilla solitaria sobre las montañas de mi patria; una Emma poética como una pasionaria viéndose en las aguas del dormido lago; una Katty bulliciosa y sensual como una inspiracion maliciosa de Lecoq, y una Lora sentimental como una melodía de Shubert.
Por supuesto no faltaba una literata que iba en pos de impresiones á la California, ni una buena esposa que corría tras del marido escurridizo, ni una víctima que iba á gestionar su divorcio de una especie de tigre feroz que habia marchitado en flor su juventud.
Habia viajeros pacíficos de distinguida clase y que viajaban en el estricto órden constitucional.
En este número se contaba un acreditado doctor homeópata y su linda esposa. Esta señora es andaluza, y á pesar de su circunspeccion y de su estado, derrama la sal de Jesus por todos los cuatro costados.
El servicio del buque se hacia á nuestra llegada con rigorosa puntualidad, y el capitan, que es un cronómetro de cachucha azul, no permitia se relajase en lo más leve la disciplina.
La servidumbre era toda de chinos. No dejó de excitar nuestra curiosidad el conocimiento con estos bípedos que están metiendo tanto ruido.
El chino no es un hombre, es un ejemplar de una obra inmensa; los chinos son como alfabetos de imprenta; el que conoce una b minúscula, conoce todas las b b. El chino se produce por moldes, sus poblaciones son como paquetes de alfileres.
Cabeza obtusa con el pelo alisado y dos grandes trenzas que rematan en listones negros, y le dan en la parte posterior de los muslos, tez de amarillo deslavazado, ojos oblícuos, nariz chata, boca grande....