Se habia hecho lumbre á la orilla del mar y á la sombra de empinadísimas rocas. Circuian la lumbrada los sirvientes y las mismas damas, expeditas y alegres, despojadas de sus sombrerillos y sus guantes.

Sobre la arena, y siempre al abrigo de las rocas, se tendieron los manteles, blancos como la nieve, dando lucimiento á hileras de botellas, con sus corazas de plata y oro, á cristalería riquísima y á porcelana reluciente.

Rodando piedras, se suplió la sillería, y fueron llegando, humeantes, en alto y en procesion, los manjares, preguntando por nuestro apetito que esperaba con tanta boca abierta.

Se sentia el halago, la confianza estaba como derramada en la atmósfera, el contento buscaba pretextos para estallar en centellas mil, que llevaban por doquier el regocijo. Competian las damas en amabilidad, los jóvenes en galantería y finura.

De la manera más espontánea daban á luz sus gracias los que las poseian, y los que no, de su inutilidad misma sacaban partido.

Se cantó en todos los idiomas, se hicieron suertes de prestidigitacion, á que son muy afectos, y una morena de ojos como dos soles, y de una sal de Jesus que quita el sosiego á las piedras, nos dijo la buena ventura, remedando una gitana, que como quiera, se llevaba prendidos pedazos de corazon entre sus gracias.

Pero lo que me tenia realmente como lechuza en maitines, era la relacion de aquellos pollos sin pizca de barba.

Quién estaba acabadito de llegar de China, á donde se fué en un barco lleno de cadáveres de chinos, en un cementerio flotante, tripulacion la más quieta del mundo, á correr aventuras.

Otro chico venia de Australia y nos pintaba caballos color de zafiro, perros de tres cabezas, guajolotes azules, cosas estupendas.