Un vagamundo con su cilindro y su mono, una música de la murga en que rasca el arpa, chisporrotea un violin y una flauta asmática, destrozan al artista más pintado; unos perros sabios, un equilibrista, los sacan de quicio.

Y el mismo hombre que para no distraerse saca su navaja y desbasta un palito miéntras hace un negocio, pierde horas enteras curioseando y sintiéndose el mortal más feliz.

No se puede fijar el número de salones de espectáculos, teatros, etc., porque estos caballeros, con el desplante mayor del mundo, y en ménos que canta un gallo, convierten un templo en salon de baile, y el salon, en dos por tres, en jardin, y el jardin en establo; pero todo en ménos de cuarenta y ocho horas: se quitan bancas y reclinatorios, y se cubre el suelo de césped, y se trasportan árboles; desaparecen los árboles, y se ven los pesebres y las jaulas de fieras.

Todo parece de armar y desarmar; todo parece de desenvolver; todo parece conducido en latas y en botes, desde el otro lado del mar.

Y para mí lo más singular era, que así como me parecia que para los diversos espectáculos se desempacaban las decoraciones adecuadas, así me parecia que venian en botes los actores, y ya devotos, ya bailarines flamantes, ya pescadores, y ya volatines y saltimbanquis.

En un principio, es decir, por los años de 1848 y 1849, era el Circo la diversion favorita del público, sea por la clase de espectadores, sea porque realmente sobresalen estos hombres en tales ejercicios.

En estos espectáculos se lleva hasta la temeridad el arrojo; la agilidad solo reconoce igual en el peligro; se domina el imposible; se confunde el salto con el vuelo; el hombre parece que ha encarnado en gutta perca ó en budruz.

La mujer hace ostentacion del poema de sus formas: se enrosca, se hace fugaz como la brisa, palpita como la ola, se volatiliza como el éter. Y la cascada de cabellos rubios que flota á su espalda, y los ricos trages sembrados de estrellas, con voluptuosos flecos de oro y plata, y el columpiarse convirtiendo en verdad la fábula, y convirtiendo en palpable el ensueño, hacen el arrobamiento, la fascinacion, el éxtasis en lo sublime; y en lo plebeyo, las cosquillas, el calosfrio y el calambre....

M. Rower fué quien primero dió asilo estable á los volatines en la calle de Montgomery.

M. Pipes y M. Masset, no sé cómo se apoderaron del único piano que habia en la ciudad (1849, hoy es incontable el número de pianos), y amenizaron la diversion con cantos y recitaciones.