—Así es que en esta tierra, decia un venezolano, muy estudioso y entendido en materias sociales, la influencia extranjera es altamente benéfica. Esas oleadas de gente de todas las naciones verifican una trasfusion completa, renuevan la sangre, vivifican el cuerpo social. Urgidos por el hambre y aconsejados por la audacia, establecen competencias en todos los ramos, despiertan la emulacion, crian, se elevan, borran su orígen con su posicion y se incorporan á la masa comun formando vínculos poderosos.

El residente del país, que sabe que el hombre es una riqueza, léjos de repeler al extranjero, le abre las puertas del municipio, es decir, le sienta á su hogar, le presenta en espectativa lisonjera, escuela para sus hijos, templo para sus creencias, hospital para que cure sus enfermedades y sepulcro en que descansen sus restos.

¿Ve vd. á los chinos? Los ve vd. objeto al parecer de la persecucion; los ve vd. repelidos y presentados como una degradacion de la especie humana? Pues ya quisiéramos que el indio de México estuviera en la posicion del chino. Por otra parte, si tienen mala posicion y no produce aquí tanto bien, como debiera, su presencia, es precisamente porque son perseguidos.

El chino viste, calza y come á su manera, regularmente; casi todos leen y escriben, cuentan con ahorros para sus necesidades, viven en casas, asisten á espectáculos y tiene cada uno de ellos dos ó tres ejercicios para ganar su subsistencia.

La grandeza de este país consiste en que por un encadenamiento de circunstancias muy difíciles de explicar en una conversacion del momento, el trabajo repelido de los otros pueblos, cuando no estaba revestido de formas aristocráticas, la subsistencia de hecho de las clases y distinciones sociales, sostenidas por la tradicion de siglos; en una palabra, lo que se llamó la canalla, aquí se llamó pueblo, y abrió de par en par las puertas á todo el mundo, y brindó paz, respeto y consideracion al hombre por ese solo título.

Nosotros, que del punto de vista de la sangre y los fueros, el monopolio y el privilegio, asistimos á este espectáculo, nos repugna, nos avergüenza, porque nos sentimos despojados de nuestro oropel de supremacía, y el niño fino español y el caballerito mexicano, valen ménos, porque son ménos útiles á la sociedad, que el carrero, el limpiabotas y el limpiador de chimeneas americano ó de la Suiza.

Bruscos dicen á los americanos. Pues qué, ¿el destripa terrones de ayer, puede tener las maneras del caballero de industria de la alta sociedad europea? Pero ese herrero, ese carpintero que se suena con las manos y enarbola su pataza sobre una mesa, es más formal y más cumplido que ese trapacero vizconde y que ese general cuya esperanza de ascenso y de fortuna es que le den á mandar una brigada, ó hacer un pronunciamiento para salir de apuros.

Ese refinamiento social que con justicia nos halaga y que existe en la culta sociedad americana, no puede ser á la manera nuestra, por esa afluencia perpétua de extranjeros y porque las condiciones de igualdad hacen que se posponga cualquier otro título á los que dan el trabajo y la honradez. No nos cansemos: el hombre es sociable, la comunicacion de las ideas es una fuente de perfeccionamiento y de rápido adelanto, y las armonías universales no pueden ser ni estables ni fecundas, si no se apoyan en la libertad y si no encierran en un círculo de goces comunes, á todos los hombres.