Yo no sé, acaso es cuestion de sentimiento no sujeta á reglamentacion; pero esas señoritas me cautivaban, y no podian merecer mi propia estimacion las jugadoras de billar, las acróbatas y las parlanchinas del amor libre.
En la mesita á que yo asistia constantemente se sentaban un griego, un danés, un turco, un inglés, un polaco; es decir, no nos entendiamos sino una que otra palabra, y no obstante, reinaba la cordialidad, la alegría y las recíprocas atenciones en la accidental reunion: mis compañeros mexicanos no podian explicarse aquella amalgama en que yo entraba, nacida de la espontánea simpatía: el polaco, sobre todo, era un apasionado á quien quise mucho. Nos encontrábamos en el paseo, nos tomábamos del brazo, fumábamos sendos puros y nos retirábamos siempre afables y con deseo de volvernos á reunir, sin habernos entendido palabra muchas veces.
—No se canse vd., me decia un español, aquí no hacen letra ni tienen cabida más que los hijos del país: esto de vd. es una rareza.
—Pero, hombre, ¿no ve vd. que aquí todos los hijos de Adam son hijos del país?
—Siempre es la media lengua la que se hace camino; pero españoles y americanos están por los suelos.
—En México decimos lo contrario; decimos que los hijos del país no hacemos letra y que de los extranjeros son las consideraciones y el dinero. Vd. lo ve: millares de españoles hacen su fortuna en México.
—Pues por lo mismo, amigo, la raza: estos son money, y no hay para ellos otro Dios.
—Eso lo que quiere decir es que nosotros somos un tanto cuanto más perezosos y más llenos de vanidad que vdes. Los españoles en México tienen monopolizados varios comercios: las tiendas de abarrotes, casi todas están en poder de españoles: en el comercio de panadería, apénas se menciona uno que otro mexicano; y las tiendas de empeño son para exclusivo lucro de vdes.
Diga vd. y acertará que nosotros aspiramos á ser los niños finos; queremos ser senadores, generales, diputados, empleados, abogados, médicos ó ingenieros á lo más, pero siempre con sus conexiones con el presupuesto.
Ocupados en frustrar aquello de: “comerás con el sudor de tu rostro,” dejamos el comercio exterior á los alemanes, las fondas y las modas á los franceses, á los indios el pequeño tráfico, y reservamos el trabajo á la gente ordinaria y mal vestida, porque en cuanto el artesano tiene siquiera chaqueta y más de dos camisas, piensa en el club y en ser por lo bajo protestante, ó regidor, ó cuando ménos frac-mason.