En la Biblioteca existe una oficina en forma, con empleados superiores y escribientes, ocupados en hacer extractos de las obras que tiene el sabio en estudio; éste forma el conjunto del estudio y escribe, alcanzando así una suma maravillosa de datos.
Además, tiene secciones de correspondencia con varias naciones, y caballeros especialmente expensados en Europa y América para que registren los archivos y le comuniquen noticias.
Es el Sr. Bancroft un hombre de cuarenta y cinco á cincuenta años, perfectamente conservado, y de notable gallardía y finura de maneras.
Alto, rubio, de frente despejada y ojos claros, de una profusa barba como de oro, que se abre bajo su labio inferior y cae sobre su pecho en dos raudales luminosos.
La esposa del Sr. Bancroft es muy jóven y habla perfectamente español, así como su hija, ideal de perfecciones y de gracias.
Presentónos el Sr. Vallejo á M. Bancroft: nos embarcamos en un elegante elevador, y surcando el viento, nos encontramos en dos minutos en los espléndidos salones de la Biblioteca.
M. Bancroft da animacion y como que comunica luz á aquel establecimiento magnífico. Grandes y numerosas ventanas dan luz á los salones: por todas partes se ven atriles con libros, bastidores con mapas, de mecanismo sencillísimo, copiadores y útiles de toda clase, para economía de trabajo y celeridad de todas las operaciones.
Lápices con gutta perca en el extremo opuesto, para borrar; libros en los que se escribe, sacándose dos y tres copias á la vez; reglas, broches, tintas, pinceles y papel de todas clases y tamaños.
Tragaluces, cortinas para modificar la luz, veladores, y no sé cuántas cosas más, para que el pensamiento gire libre y la parte mecánica no lo distraiga ni entorpezca.