Pero no habia bromas de carnaval; tal cual francés, vestido de mujer, con insolente descoco daba patadas y hacia cabriolas; el yankee se ahogaba, tiraba la careta y seguia andando con su vestido carnavalesco, como si estuviera en sus negocios.
Un vejete de calzon corto y sombrero de tres picos, con un farolillo en la mano, iba, como Diógenes, en busca de un hombre.
Las ladies provocaban con sus llamamientos á verdaderos autómatas, y no ví nada de más soso ni de más desgarbado que aquel baile de máscaras.
Iban á dar las doce de la noche, las cantinas estaban llenas y el salon vacío. Se anunció la marcha de los premios; tomaron sus asientos los jueces; los máscaras, con gravedad oficial, emprendieron su paseo.
¡Qué magnificencia de trages! ¡qué lujo de atavíos! ¡qué esplendor de formas en las damas! ¡qué indiferencia y qué frialdad en la mayor parte de los machos!
Cesó la música, y se proclamaron los nombres de los premiados.
Una bella italiana vestida de reina, obtuvo el premio de la elegancia; premio que consistia en un schal de seda y una bandeja de plata.
Se escuchó caluroso aplauso de parte de los hombres; un rumor sordo de descontento contra la parcialidad de los jueces.
Al viejo del farol, modelo de sandez y de tiesura insulsa, le adjudicaron como recompensa, un reloj de oro. Y el premio lo recibió en medio de aplausos irónicos, que contribuyeron no poco á extender el buen humor.
Por último, el lauro del baile lo otorgaron á una lady sacudida y despierta, que fué resultando hombre al recibir un precioso anillo con un zafiro.