Los Valentines daban especial atractivo á las máscaras.

A las diez de la noche la comparsa estaba lista.

Pusiéronse en marcha los disfrazados, y las mamás y yo tomamos rumbo diferente para no denunciar á nuestras amigas.

El baile se verificó en el gran salon de Platt, calle de Montgomery: brillaba el edificio como un incendio, formaba ráfagas y labores el gas en la techumbre, y reverberaba en globos de cristal apagado y en lámparas y vasos de colores.

La orquesta, desde el palco escénico, derramaba á torrentes la armonía. En un extremo del proscenio se veia un dosel magnífico: bajo él habia majestuosos asientos.

Aquel lugar debian ocuparlo, á cierta hora, los jueces ya nombrados, que debian adjudicar premio á la dama mejor vestida, al máscara que mejor caracterizase su papel y al bailarin ó bailarina que más se hubiera distinguido en el arte de Terpsícore.

A la entrada del teatro se encontraban los que recibian los boletos, los que recogian sombreros y abrigos, y los comisionados del buen órden del baile, con luengos listones con flecos de canutillos pendientes del ojal del frac.

En el fondo del salon y en uno de los costados, se veian grandes cuartos con cantinas y espléndido servicio de licores, refrescos y cenas.

El conjunto de la concurrencia era espléndido, los corredores y galerías estaban llenos de gente, que no se mezclaba con las máscaras, y sí en las bancas que rodeaban el salon.

Odaliscas, rusas, gitanas, garbosas andaluzas, druidas y hadas vaporosas, cruzaban por aquella atmósfera de luz, armonías y perfumes, entre guerreros, sacerdotes, caballeros de la edad média y figurones grotescos, con caras de perros, de patos y de leones.