La riqueza de California era ya conocida en 1844 y denunciada al gobierno.
El Sr. D. Manuel Castañares, digno representante del Departamento, decia al gobierno: “además de las minas de plata, se ha descubierto un placer de oro de treinta leguas de extension, y muchas minas de carbon de piedra.”
Yo vine á esta tierra de maldicion para México, decia con acento doloroso el anciano, con el patriota, con el sabio, con el gran general Micheltorena.
El, en las horas de corto descanso que nos daban las fatigas militares, nos instruia como un padre y nos hacia notar que el trigo da seiscientos por uno, el maíz mil, el frijol quinientos.
El alentaba á los indios al cultivo de la caña, de donde sacaban azúcar que se exportaba.
Del cultivo de la jarcia daban testimonio las embarcaciones todas del Pacífico; del lino, nuestros vestidos y los de los habitantes de las misiones.
La nutria y el castor de California se enviaban de regalos á los magnates de México, y los periódicos europeos estaban cansados de llamar la atencion del mundo sobre la pesca de la perla y la ballena.
¿Queria aquel gobierno y todos los que le sucedieron más noticias? Diga vd. que en México, por la fatal organizacion de aquella sociedad, los que estaban fuera del presupuesto luchaban para derribar á los que estaban dentro de él, y que en esa tarea infame los ha de hallar la pérdida de la nacionalidad.
Miéntras aquella puja y aquel tráfico del poder, única industria de aquella clase média y de aquellos magnates ignorantes, fátuos y corrompidos, se efectuaba, habia aquí un puñado de mexicanos, con el general Micheltorena, sacrificándonos por la independencia.
Aquel jefe tenia á sus órdenes, para contener la rebelion, de hijos del país y aventureros, 195 hombres, de todo punto desnudos, con armamentos de diversos calibres, con cuatro paradas de cartuchos por plaza, con treinta pesos para dar de comer á toda la tropa, y veintitantos oficiales en el puerto de Monterey, sin tener quien les diera al crédito una sola libra de carne.