Sin más preámbulo, y fijando en mí sus pequeños y animadísimos ojos, como dos chipas, bajo los tejados blancos de sus cejas, y abriendo su bolsuda y desdentada boca, me dijo:

—Todo eso que han hablado sus amigos de vd. es una sarta de mentiras, que prueban su ignorancia de la historia y su ingratitud para con los hombres que luchamos porque tuviera patria toda esa maldita canalla.

Yo veia atónito al viejo, me imponian respeto sus años, me subyugaba su mirada, me atraia el tono de majestuosa verdad que revestia aquella conmovida palabra.

Animado con mi atencion, continuó:

—Desde el tiempo del gobierno español se dió suma importancia á California; se dotaron las misiones, se protegie-ron los presidios, se vió como rica joya y como llave del mar Pacífico.

Es una impostura histórica, continuó el viejo, pintar al indio amamantado por el cristianismo, entrando al goce de la civilizacion: el indio era tratado como esclavo, se le enervaba con el vicio, se le embrutecia con el fanatismo y se le degradaba como á la béstia.

El cepo, los azotes, la crueldad más impía se ejercia con esos hombres, cuya posicion aferraba á los salvajes en su libertad.

Ese Fondo Piadoso de California, léjos de servir para la conversion y alivio del indio, conforme á la mente de los fundadores, era instrumento de tortura, cebo de codicia y elemento de asquerosa corrupcion.

En California se dejaron frailes y soldados, que no eran ya los misioneros apostólicos, ni los jesuitas fervorosos que menciona la historia.

En cambio, el soldado no era el aventurero ávido, ni el asesino implacable.