—Yo apénas sabia que existia la tal California; oí decir que habia un rincon de la tierra por aquí, en que frailes y soldados hacian cera y pábilo.

—Ahora es el paraíso; todos los encantos de la vida; todas las riquezas de la tierra, y un porvenir de grandeza que apénas alcanza á concebirlo la imaginacion.

—Es porque nosotros no tenemos hechura; cuando existia California para México, se sabia por los situados de Mazatlan y por los mordiscos que todo el mundo le tiraba al fondo piadoso.

—No seamos injustos; los presidios eran el gran medio de civilizacion del indio, ayudado por los misioneros.

—En eso hay su más y su ménos, decia otro: muchos dicen que léjos de mejorarse la suerte del indio, se empeoraba.

—Lo cierto es, hacia notar otro, que cuando la guerra de Tejas, ya muchos aventureros americanos, por sí y ante sí, habian tomado posesion de mucha tierra, y el puerto de Monterey habia tenido una invasion en forma.

El viejecito del baston, aunque disimulando, habia seguido con vivo interes nuestra conversacion, y más de una vez le ví en ímpetus de levantarse y tomar la palabra en nuestro corrillo; pero se reprimia y se fingia como dormitando.

Nuestra conversacion continuó bajo el mismo tema: nos dispusimos á retirarnos, y yo torcí solitario por la calle de Franklin, para la casa de la Sra. Cima, donde frecuentemente tomaba té al caer la tarde.

Apénas habria yo andado treinta pasos, separado de mis amigos, cuando noté que me seguia el viejecito del baston: suspendí mi marcha y le esperé, creyendo que llegaba en solicitud de un socorro.