XVI
Un viejo.—Comercio.—Recuerdos históricos.
PASEANDO una hermosa tarde, á pié, por las orillas del extenso Parque que conocemos, formamos corrillo, en la esquina de una calzada, varios mexicanos.
Nos rodeaban altos médanos: en una de aquellas quiebras que hace la arena, un carromato desvencijado, una tienda de lona, un caballejo flaco, haciéndose las ilusiones de pastar, y un grupo de mujeres, hombres y muchachos, sucios, abigarrados y siniestros, nos llamaron la atencion. Eran gitanos. Una mujer de tez morena, gruesos mechones de cabellos á la frente, ojos grandísimos y apasionados, y una boca guarnecida de blanquísimos dientes, con harapos flotantes sobre su arrugada frente, nos llamaba para decirnos la buena ventura.
Al extremo opuesto de la gitana, y á la entrada de unas elegantísimas calzadas del Parque, hay un bar-room espléndido, y en la esquina que forma, se veia cabizbajo un viejo inclinado sobre su baston, y pendiente de nuestro grupo que estaba muy cerca. El aspecto del viejo era como el de nuestros militares retirados, adorno del Zócalo y de los arbolitos.
Mugroso sorbete, arrugado pantalon de lienzo, y cabellos grises alborotados sobre la frente, y descolgándose sobre el cuello de la levita.
Como de costumbre, lamentábamos las desdichas de nuestra patria. Uno decia:
—Vea vd. esta tierra; para nosotros era desconocida, nadie le hacia caso, y no bien sale de nuestras manos, llueven sobre ella las bendiciones del cielo.