Los caballeros con quienes acabo de dar conocimiento á mis lectores, iban á consultar al Sr. Gomez del Palacio sobre una escritura de Compañía, porque es de advertir, para orgullo nuestro, que el Sr. Gomez del Palacio es conocido de toda la gente de valer de los Estados-Unidos, no solo como eminente jurisconsulto y hombre próvido, sino como muy entendido en negocios y como hombre que escribe con la mayor cultura y correccion el idioma inglés. Por otra parte, un hombre tan distinguido y considerado como Mr. Cushing, es el amigo de Gomez del Palacio, amigo á quien mucho estima, y esta es una gran recomendacion en aquellos países. Muchas de las consideraciones que yo merecí en los Estados-Unidos á las personas de la alta sociedad, las debo á mi amistad con el respetable Mr. Bryant, eminente poeta, y uno de los hombres más dignos y más ilustres de la patria de Washington.

La consulta habia concluido muy satisfactoriamente, reinaba el buen humor, se atizaba el coptail y la cerveza, con alguna economía del tabaco, porque á Francisco le endiablan los fumadores.

M. Wood me flechó, nos hablamos un inglés españolizado que hizo soltar la risa al concurso, y á poco, el comerciante de granos y ganados y yo, hubiéramos hecho la envidia de Pílades y Orestes.

El ingeniero que tenia la palabra cuando fué á llamarme Gomez del Palacio, fué invitado á continuar despues de la interrupcion que produjo mi llegada.

M. Swift habla perfectamente castellano.

—Decia yo, continuó el ingeniero, que la conmocion producida por el descubrimiento de los placeres de oro de Calfornia, no ha tenido igual en el mundo, no obstante que la Australia, tres años despues, daba tanto como California, y que la fábula misma no se habria atrevido á inventar bonanzas como las de la Nevada, más productivas en pocos años que las riquezas de las Américas en tres siglos.

—Incluyendo por supuesto, dijo el de la navaja, el Colorado, Idalio.

—Bien, bien, decia M. Wood; pero de 1848 á 1873, dió California mil millones de pesos; siempre este está bonita, y Montañas, Arizona, Nuevo México, trescientos millones.

—Era de verse, continuó el ingeniero, llegar aventureros de todas partes del mundo, lo mismo los que doblaban el Cabo de Hornos que los que atravesaban el Istmo de Panamá; lo mismo los que saltaban sobre las Montañas Rocallosas que los que se aventuraban en los inmensos llanos del farwest, donde muchas veces perecian de hambre las caravanas.

Instalábanse los buscadores á la orilla de un arroyo, sin más útiles que una barreta, una criba, y la batea mexicana para lavar el oro. Cuando eran muy pequeñas las partículas de oro, se empleaba el mercurio.