La sencilla y majestuosa celebracion del domingo me conmovió profundamente.

Sin antecedente el más ligero, uno de aquellos caballeros, que en nada se diferenciaba de los demás, fué resultando sacerdote. Por supuesto que jamás le ví al lado de sobrinitas cariñosas de parecido perfecto del siervo del Señor; nunca le escoltaba un creyente de fisonomía humilde y estúpida; nunca manifestó esa superioridad del que por creerse en relaciones con el cielo, puede hacer de la tierra cera y pábilo.

El comedor se adicionó con una mesa cubierta con la bandera americana, y sobre la mesa un libro.

Detrás de la mesa estaba el sacerdote: en las bancas, y al rededor de las mesas se sentaron los creyentes; niñas primorosamente vestidas, señoritas adornadas con elegancia extraña, jóvenes y caballeros entre quienes reinaba el silencio y la compostura.

Nada más sencillo que aquel cuadro; pero el recogimiento, la seriedad y el espíritu religioso preponderante, convirtieron en augusto templo aquel departamento del buque y dieron solemnidad al que á primera vista parecia trivial espectáculo.

En determinado momento, el sacerdote inició, y los circunstantes formaron coros tan acordes, tan llenos de majestad, que me encantaron; y cuando por las ventanillas del buque distinguia el hervor de las olas de oro que cortaba la proa, y cuando en los intervalos del canto se oia el respirar esforzado de la máquina titánica, domadora de las aguas: en algo de vago y de infinito, tendia sus alas el espíritu, sintiéndose como enaltecido y purificado por la manifestacion del Hacedor Supremo en aquel desierto, en que como algas leves flotaban nuestras vidas en la inmensidad del Océano.

Despues de los coros, pusiéronse los circunstantes en pié y el sacerdote hizo una invocacion sublime, que conmovió profundamente.

Terminada la ceremonia, unas damas pasearon sobre cubierta, otras se refugiaron al salon, y yo, acurrucado en mi camarote, de pié y haciendo que una tablilla puesta sobre el colchon fungiese de mesa, improvisé los siguientes versos:

AL MAR