Sobre todo, hay islas no explotadas que encierran inmensas riquezas. ¿Vd. no tiene conocimiento del proyecto del Sr. D. Guillermo Andrade para enlazar por medio de comunicaciones rápidas, Guaymas, es decir, Sonora, la Baja California y San Francisco ó mejor dicho, para comunicar varios pueblos por el Golfo de Cortés?
—No, señor; pero debe ser de importancia, porque el Sr. Andrade es hombre calculador y audaz para los negocios.
—No sé los pormenores del Proyecto, aunque anda impreso en varias manos; pero sé que se reduce á pedir subvencion para las comunicaciones frecuentes entre esos puntos que á vd. digo, por medio de vapores que conduzcan pasajeros, carga y correspondencia.
Como complemento del Proyecto se pide la habilitacion como puerto de altura al de la Libertad, hoy solo de cabotaje, y el de San Felipe en la Baja California, cercano á los valles de la Trinidad, Santa Catarina y los placeres de oro que ahora se tienen que surtir de San Diego, con perjuicio de los intereses nacionales.
—De solo harina, continuó uno de los que estaban cerca de mi amigo, se consumirian más de 50,000 pesos al año. La harina de California, puesta en San Rafael, cuesta de cuatro á cinco pesos quintal, ó sean de doce á quince pesos carga; abierto el puerto de San Felipe, tendriamos carga de harina del Altar, por ocho pesos.
Lo propio que digo de la harina podria decirse del azúcar, manteca, jabon, tabaco, aguardiente, sal, maíz, frijol y otros artículos.
—Tiene vd. razon; yo he oido decir que artículos nacionales, como panocha, mezcal, sombreros, sillas de montar, zarapes, etc., tienen primero que ir á San Francisco, donde pagan derechos, y despues venirse á vender á la Baja California.
Esa tendencia á unirse una parte de Sonora en intereses con San Francisco, depende de las pésimas disposiciones fiscales, y el gobierno protegeria con solo no oprimir al trabajo.
Medio de oro hubiese yo dado á mis vencedores los proteccionistas de México, porque hubieran aprovechado las lecciones sábias del Sr. Pedrines, á quien apedrearian sin duda los capataces de nuestros buenos y crédulos artesanos.
En estas conversaciones íbamos al frente del Cabo de San Lúcas: allí, en una humilde barca de pescadores, resuelto, y sin arrimo ni otra proteccion que la del cielo, ganó la playa nuestro caballeroso y leal compañero Antonio Gomez, que se separó de nosotros siguiendo la ruta que le marcó su sino.