—Le he visto de léjos, contesté; me parece muy grande.
—Sépase vd., continuó, que como muelle de madera acaso es el primero del mundo; tiene capacidad para cargar y descargar á la vez ocho buques, mantiene en depósito constantemente veintiuna locomotoras, y además, transitan por él constantemente un sinnúmero de carruajes.
—¿Y esa es la causa de la admiracion de vd.?
—No, señor, ese es un incidente; mis impresiones han sido en el colegio de sordo-mudos y ciegos de Oakland.
—Por eso digo á vd. que me haga favor de imponerme en órden.
—Como vd. sabe, la Sra. Ramirez, tan servicial, tan generosa y buena con todos nosotros, se dignó invitarnos para este paseo.
Atravesamos el muelle de Oakland, cruzamos la bahía y tomamos el ferrocarril. Nuestra primera sorpresa al entrar en los wagones, atravesar en toda su extension la naciente ciudad, llena en sus alrededores de ricas sementeras, viñedos y jardines, fué no pagar por nuestro trasporte.
—¡Eso es una ganga!
—Sí, señor; los propietarios de las tierras, para valorizarlas y crear la necesidad del tránsito, dan por ahora grátis el pasaje, y es uno de los grandes estímulos que ha tenido para su pronto desarrollo la poblacion.