—Ha de estar vd. para bien saber, y yo para mal contar, que en aquellas tierras invadidas por los rusos, que despues se llamaron Sacramento, vivia y bebia un capitan Sutter, dueño de una máquina de aserrar madera: la máquina resistente y el capitan resignado, hubieron de ponerse de acuerdo en trabajar poca cosa con el asentimiento de un Mr. Marshall, soldado divertido, buen fumador de pipa como Sutter, y amigo de la contesta y del trago, como soldado viejo.
Terciaba en tan buena sociedad la esposa de Sutter, señorona expedita, rolliza, cejijunta y de resueltos movimientos, con un lunar en un carrillo como una tarántula.
Yendo dias y viniendo dias, en una calurosa siesta, en que entre dormitando y durmiendo creia departir muy formal el terceto descrito, un peon del campo, con cierto desgaire que se parecia á la indiferencia, allegóse al grupo, con un puñado de tierra en la mano y le dijo á Sutter: “Vea, señor; ¿de qué serán estas chispitas?” Abrieron los tres personajes tamaños ojos con la noticia de las chispitas.... las chispitas eran oro, oro purísimo....
Pidieron más chispitas, y aquel era inagotable manantial.
La madama iba y venia alborotando el cotarro, arrojó líquidos, vació botellas, y á poco, todos los trastos de la casa estaban rebosando en brillantes chispitas....
La cosa no tuvo gran publicidad; pero ha de saber vd. que el capitan Sutter debia cierto piquillo que le molestaba, y los acreedores, ignorantes de lo de las chispas, cayeron sobre él y sus posesiones, con tan resuelta furia, que á la primera negativa querian dar con el bravo militar en la cárcel. “Eso no en mis dias,” dijo la arrebatada esposa de Sutter, y les metió por los ojos unas botellas de chispitas, que los dejó aturdidos: aquellas botellas cayeron como áscuas sobre pólvora en el público, y en el mundo entero tocaron á rebato con el maravilloso descubrimiento del oro.
Muy gratas y muy instructivas para mí fueron las conversaciones del Sr. Vallejo, á quien consigno agradecido este recuerdo.