Allí de Branciforte
Los ricos hacendados,
Cogen pingües cosechas
De flores y de granos.

Allí “Soquiel ameno,”
“Corralitos” y el “Pájaro,”
Se enlazan con sus valles
Al de San Cayetano,
Y se unen á Salinas
Con el Montereyano,
Orgullo de sus hijos
Do descuella el Parnaso,
Realidad portentosa
Del artífice Magno.
¡Qué escena tan grandiosa
Oh, y cuán sublime cuadro!
No en el antiguo mundo,
Aquí es dó está el Paraiso.

——

Si alguno este romance
Quisiere criticarlo,
Le suplico que lo haga
Subiendo á lo más alto
Del monte que describo,
Con calma, paso á paso,
Llevando de Champaña
Lo ménos un canasto,
Y diga, cual yo digo:
“¡Salud, Monte Parnaso!”

Recitaba el general con tal entusiasmo su romance, que aunque me aseguró que era de un viejo presidial, yo me atrevo á afirmar que es hijo de su númen, y así se lo hice presente, convenciéndome cada vez más de que la sangre estira.

Como he dicho en otra parte, el general es la encarnacion de la historia de California, y en esta última entrevista, me relató biografías, leyendas y rectificaciones históricas, que siento mucho que mi mala memoria se niegue á recordar.

Hablóme de los gobernadores Rivera, Moncada, Fajes, Arrillaga, Sola, Tamariz y Echandía.

Me describió con vivísimos colores la expedicion rusa para la pesca de nutrias, en 1831.

Hablando de tradiciones, se remontó al año de 1817: me representó la expedicion de los piratas, y cómo en el estrecho de Karkines, se desfiguraron los indios espantosamente para librar una tremenda batalla que dió su nombre al Monte del Diablo.

Por último, como cuento de niños, me relató el descubrimiento del oro, en estos ó semejantes términos: