Propiamente hablando, el tipo que me propongo describir, es una especie de calavera temeron, novel, un calavera en agraz, más atrevido, más impertinente y más escandaloso que el calavera aguerrido.

Seria el ideal el Jodlums de nuestros advenedizos desordenados de la escuela materialista, que ni estudian ni comprenden, de rivolver y aventuras soeces: en el periodismo traficantes; en la amistad rastreros y desleales; en el amor abyectos y asquerosos; vagos de profesion, llevando sus mercancías de desvergüenzas y calumnias al primer receptador de infamias que aparece como al frente de un gran partido político, como él mismo cacarea modestamente.

El Jodlums no es así, se fija especialmente en no respetar lo que se respeta en público, más religiosamente en los Estados-Unidos: la mujer.

No solo emprende, para jactarse, criminales seducciones, sino que se congrega en compañías que en el despoblado, en los lotes mal cercados con latas, se embosca y asalta á la mujer honrada y abusa de ella algunas veces, arrancándola de los brazos del marido y del amante.

En el año de 74 hubo un lance en una de las calles más conocidas de estos asaltos: el esposo riñó hasta rendirse; á la esposa la pasaron al interior de la cerca; pero aquella robusta Lucrecia, repelió á los unos, perniquebró á los otros, magulló á todos y dió tales gritos y armó tal escándalo, que la perezosa policía hubo de acudir al fin, y la cuasi víctima, desmelenada, desgarrada, inmirable, pudo exclamar como Francisco I y sus atrasados plagiarios: “Todo se ha perdido, ménos el honor.”

Los calaveras de que me ocupo, suelen organizarse y prestarse admirablemente al incendio, á los asesinatos contra los chinos y á romper vidrios ó carruajes, de acuerdo con hojalateros y carroceros, para proteger la industria del país.

El teatro de las hazañas de estos malvados, son los muelles, y suelen extender sus correrías hasta lo que se llama la contracosta.

Allí suelen verificarse esos asaltos con chorizos de arena, cuyo golpe certero en el cerebro, no deja rastro del crímen que se perpetra. A veces detienen á un viandante: uno le oprime con los dedos abajo de las orejas, hasta dejarlo sin respiracion; el otro le quita entre tanto cuanto lleva, y tal parece el grupo un corrillo de amigos; pero estas son las hazañas del calavera vulgar.

El Jodlums pur sang percibe un labriego bonachon, un viajero aturdido; á esto le llama, un green, es decir, un verde, y ó bien le echa los brazos, dizque confundiéndolo con un pariente ó con un bienhechor, ó bien le propone un negocio pingüe, una posada cómoda, etc.