En el comedor se ve una alacena, que no es propiamente sino ventana ó punto de comunicacion con la cocina, lugar por donde se sirve, sin percibirse desde la primera pieza el tragin de la oficina culinaria, ni dar lugar á las disputas de los criados.

Las piezas de los varios pisos, en su espalda, se comunican con el corral.

Pero en todo esto no hay un claro de luz, ni un pedazo de cielo, sino el que se ve por las ventanas: cada casa es un estuche; con una asa en la azotea, se podria trasportar como una portavianda: es una construccion como de buque; son cajones de madera más bien para empaque que para habitacion: de ahí nace la tendencia á la vida exterior y al aire libre. En esas pichoneras nos asfixiariamos los mexicanos.

En las construcciones de San Francisco y en casi todas las de los Estados-Unidos, hay una singularidad. Puertas y ventanas, sin excepcion alguna, son del mismo tamaño, las mismas dimensiones para marcos y vidrios, el mismo herraje y hasta el propio color, de suerte que pérdidas y deterioros se reparan con la mayor facilidad, y las casas enteras están en fracciones, de suerte que no es más que armarlas. Las improvisaciones son muy comunes.

Los artesanos trabajan centuplicados ejemplares de celosías, de goznes, de todos los artículos de carpintería y herrería, y aun familias hay que parece tienen una especie de balero para reproducir individualidades exactamente iguales.

Cuando salen del órden comun las habitaciones, entónces esas cajas que hemos descrito cobran mayores dimensiones; ostenta en ellas sus primores la arquitectura, y están ubicadas en el centro de un jardin delicioso en que se admiran estatuas soberbias, se deleita la vista con fuentes y cascadas, y se recrea con la competencia de los primores de la naturaleza y del arte.


Ocupábame de las apuntaciones anteriores, para dar á conocer las casas de habitacion de San Francisco y de la mayor parte de las ciudades de los Estados-Unidos, cuando, como lo tenian de costumbre mis amigos, que se esmeraban en prepararme diariamente una nueva sorpresa, llegaron, no obstante que corria un cierzo cruel, con la peregrina ocurrencia de llevarme á tomar un baño turco.

—Hombre, vdes. se han vuelto locos! Si en mi tierra, y con su aire amoroso y las aguas dulcemente templadas, esto del baño lo veo como asunto de pensarse sériamente, ¿qué será aquí? Vayan vdes. con la música á otra parte.

Instaron, resistí; persuadió Alatorre, forzó Ibarra, espiaron todos mis lados débiles, y dí al traste con mis propósitos, no sin ofrecer y cumplir que seria simple espectador en el lance de aprender de condenado, con que me brindaban.