Aquella indiezuela doliente que quiere vivificar su sangre y su existencia, para renovar, despues de ser madre, sus gracias para presentarse al esposo.
El local, especie de horno con su depósito de agua interior, en que hace sus abluciones la jóven para exponerse á las devorantes caricias de un aire como llama; el lienzo que se agita y con el aire que despide refresca sus formas como envolviéndola en deliciosas emociones; las ramas de árbol empapadas en agua helada y sacudidas sobre la piel, tostada casi por la temperatura del horno.... yo no sé como expresé todo esto, que el desconocido compañero, primero escuchó atónito, despues tomó apuntes, renovó sus obsequios y me ofreció muy formalmente que pronto tendria la dicha de participarme el establecimiento del Temascalli azteca en San Francisco.
Mis compañeros salieron complacidos al extremo de los baños turcos; no así un español cejijunto y de alborotado cabello sobre la frente, que aseguraba haber pasado las penas del purgatorio, y que al sentirse en el cuarto caliente, echó á correr, desnudo como estaba, golpeando las puertas y pidiendo socorro por haber caido en el mismo infierno!
Separéme de mis compañeros, y como de costumbre, me metí al acaso en el primer wagon que atravesaba, sin cuidarme de la direccion que llevaba, y como lugar cómodo para ir haciendo mis apuntaciones. El wagoncito urbano la llevaba larga.
Quedamos gran trecho de tiempo, y casi á la salida de la ciudad, dos pasajeros que nos espiábamos sobre nuestros respectivos libros.
Uno de estos transeuntes no era pasajero, era pasajera; pero la hembra más excitadora del mundo para esto de la conversacion.
La señorita era francesa, ó por lo ménos sabia francés, á dar crédito al libro que llevaba abierto en las manos; este descubrimiento ya era algo para aquel á quien iba sabiendo la boca á medalla.
Yo veia, tosia.... dejaba escapar una que otra palabra como hablando á solas.... y recordaba los usos de la tierra.... y me estaba fuerte.... al fin, ella, dizque entregada á su lectura, alzó la voz.... leia el “Viaje á Oriente” de Lamartine, con acento tan dulce y con tan apasionada modulacion, que yo, sin que al caso viniese, ni saber precisamente de lo que se trataba.... me acerqué, como enajenado con la lectura, diciendo:—“¡Oh: señorita, eso es divino, divino, Lamartine es mi poeta....!” Por supuesto que tales exclamaciones requerian cierto acortamiento de distancias....
Así se entabló la conversacion, primero desconfiada y curiosa, despues franca y cordial, haciendo la señorita la debida justicia á mis años, y dando esto soltura á nuestra naciente relacion.