En frente de la parte despoblada de la calle de Franklin, se detuvo, cambiamos nuestras tarjetas y me invitó para su tertulia en la calle de Washington; tertulia que se verificaba los miércoles y á la que asistia Mr. Lestalié, jóven comerciante á quien profeso particular cariño, que me habia presentado á la mejor sociedad francesa de San Francisco.
Como es de suponerse, acudí puntual á la cita.
El tabique de la sala de la tertulia Washington se habia corrido: en una de las secciones se charlaba, se tomaban refrescos, bizcochos y dulces: la otra seccion estaba consagrada á los artistas que ocupaban el piano, cantaban y hacian ostentacion de sus notables habilidades.
En el rol de los artistas unas jóvenes italianas, las Sritas. Rotanzi, deslumbradoras de gracia y sentimiento, rodearon el piano, reclamando su nombre la atencion universal.
Interrumpióse el cuchicheo delicioso de viajes, de modas, de amores y de bromas sabrosas, y las tres artistas preludiaron un canto en medio del silencio más profundo.
Si á mí me hubiera tocado en suerte bautizar á las tres señoritas, que sin pretenderlo se imponian á nuestra admiracion, á una hubiera llamado Ensueño, á la otra Pasion é Inocencia á la tercera.
Ensueño soltó sobre las teclas las deliciosas armonías que estaban escondidas entre sus dedos, y dejó flotar en el éter invisible, la inspiracion divina que se anidaba en su mente.
Alentadas con aquel ensayo, piando primero, despues en torbellino de notas estusiastas, al último, en requiebro apasionado de desesperacion, de locura y gemidos, se seguian las voces como cuando á dos aves en el espacio separa el viento y luchan por reunirse, y ráfagas tempestuosas las dividen, hasta juntarse y guarecerse bajo una rama amiga, reprimiendo los sollozos para dar vuelo á las emociones del placer.
La concurrencia entera se agolpó al rededor de las artistas: yo veia reproducidos los grupos en los espejos, pareciendo cuadros allí fijados, ó más bien vistas fotográficas de otros países. Aquellos viejos de anchas y relucientes calvas y cabellos canos colgando sobre los hombros; aquellas jóvenes como estampas de un periódico de modas; el perro junto á la chimenea; el jarron con flores sobre la consola; el retrato de Napoleon I en su caballo blanco cruzando los Alpes, todo me parecia que eran recuerdos que animaban en aquel instante mi fantasía.
Redobles continuados de aplausos ardientes, acogieron las notas de aquel terceto en que la música fué el pretexto, la ejecucion un accesorio, y la vida y el drama de pasion estaba en las animadas fisonomías de aquellas celestiales hijas del Adriático.