A ella debo que mis estudios más sesudos se hayan graduado de quimeras; de ello ha tomado pié la maledicencia para pintarme como un sér insustancial y soñador; por ella cualquier quídam me hace objeto de sus sátiras y soy el tema obligado de todas las detracciones y calumnias. Ella me hace la mina inagotable de las gracejadas de todos los necios, y el objeto predilecto para los desahogos de los pedantes y malvados.

Yo tengo aversion al título de poeta, entre otras cosas, porque no lo merezco: doy todos mis laureles por una gota de olvido de mi manía.

Pero no hubo remedio. Joaquin Alcalde y yo fuimos los poetas del buque; en ménos que canta un gallo, se nos volvieron todas nuestras compañeras de viaje, literatas y sentimentales, llovieron álbums y aquello fué una gloria.

A persona tan circunspecta y retraida como Francisco Gomez del Palacio, le asediaban pidiéndole traducciones de nuestros versos, y este buen amigo pegaba el grito al cielo por la tarea que le imponian nuestra facundia y los deberes de urbanidad.

La fiebre poética se apoderó hasta del sexo fiero, y no faltó bigotudo que se hiciera conducir á mi presencia con su intérprete, diciéndome que cuánto podia bajarle en el precio de una pequeña cantidad de versos de tristeza y de amor.

Pero tal circunstancia estableció la confianza, menudeaban las confidencias, se hacia comunicativa la alegría y era de escucharse un palomo coreado por las lindas hijas de Guillermo Penn y de Washington, con sus medias lenguas.

La aurora del 25 de Enero nos saludó anunciándonos nuestro pronto arribo al puerto de California.

El buque tenia más aseo y estaba más engalanado que de costumbre; los chinos, desde las tres de la mañana, habian hecho maniobrar sus bombas, y chorros y cataratas de agua habian dejado la embarcacion como un espejo.

En todos los cuartos se hacian líos y se preparaban los objetos pertenecientes á cada individuo para su fácil trasporte, corrian los niños vestidos de lujo, por corredores, escaleras y cubierta, salieron á luz canarios, guacamayas y perritos falderos, y damas y galanes, guapos como para asistir á un baile, esperaban con sus sacos, bastones, paraguas y sombrillas al lado, el deseado momento del desembarco.

Solo el grupo de mexicanos, asaz tristes y derrotados, veian aquel que para los demás era término, como principio de desdichas y como confinacion, algunos al destierro y acaso á la miseria.