XXV
Colegio de Corredores.—Ojeada retrospectiva.—Las costas del Pacífico.
“AUNQUE vdes. lo pidan con memorial; aunque me cueste un ojo de la cara desarrugar el ceño de vdes., ni por una de estas nueve cosas pongo números en mis viajes. Será interesante, será lo que se quiera. ¿Tienen por ahí sus mercedes algo de crónica escandalosa? ¿un cuento de hadas? ¿un romance de amor? cualquiera de esos cachivaches me conviene más que las bolsas y los Stokes, y todo ese arsenal de guarismos que barrunto traen vdes. entre pecho y espalda.”
Tal y tan enérgico lenguaje empleé con unos amigos que vinieron nada ménos que á seducirme para que llenase algunas páginas con estados de importacion y exportacion, y cálculos sobre la melaza y el café, la lana y los cueros de res.
—¿Están vdes. locos? proseguia yo casi colérico: ¿no ven que para charla eso es muy soporífero, y para estudio muy superficial y diminuto? Señores, no puedo complacer á vdes.
—Le faltará á vd., me dijo un sonorense, tirante como un riel de fierro y exacto como un acreedor avaro, uno de los rasgos fisonómicos de esta sociedad. ¿Vd. no ha visto siquiera nuestro Colegio de Corredores?
—No, señor, ni el cementerio, contesté: el primero, porque en mi vida, pienso que me corran más que de la casa que no pague; y el segundo, porque un viejo en un cementerio parece que va á buscar hospedaje, y yo no deseo quedarme por aquí.
—No, dijo un aleman que se desentelaraña los labios para soltar un monosílabo, hay cosas de números muy divertidas.