La víspera del dia de la partida, que recuerdo que era un miércoles, regresábamos á nuestro hospedaje, despues de las doce de la noche. El cielo se veia oscurísimo, nuestra casa estaba al comenzar el llano; apénas doblamos la esquina, oimos en lo profundo de las sombras el canto de Eva, tan dolorido, que heló nuestras palabras y suspendió nuestros pasos: no comprendiamos ni se percibia con claridad la letra; pero los ángeles que dejaron para siempre el cielo, deben haber llorado así el dia que fueron sepultados en la condenacion eterna.
—Adelántate, dijo Espinosa, dale algo á esa niña y que se vaya á su casa, ó acompáñala.
Yo obedecí maquinalmente; pero por más que busqué, no encontré á nadie....
Al siguiente dia partió Espinosa, sin que volviésemos á mencionar á Eva; le fuimos á dejar hasta la orilla de la poblacion.
Cuando regresamos de encaminar á nuestro amigo, la colonia mexicana estaba hundida en espantoso duelo.
Eva supo la hora de la salida de Espinosa, se subió á la torre de la iglesia para.... verlo partir.... y al torcer el carruaje entre unos pinos, y perderse de vista envuelto en polvo.... se vió, ¡qué horror! precipitarse de la torre á la niña.... y hacerse mil pedazos en el empedrado del cementerio.
—¡Horrible! horrible! exclamó el Negro con el cabello erizado y los ojos queriéndosele saltar de sus órbitas.
Reinó profundo silencio....
—Este fué, continuó con esfuerzo el Negro, el motivo porque abandoné los Angeles, dirigiéndome aquel mismo dia á San José y perdiendo realmente una fortuna.