—Canario! yo tambien tenia un nudo en la garganta; toma niña tu dinero, y ¡Viva México!
—¡Viva México! gritaron todos, recogiendo el dinero y poniéndolo en el delantal de la niña.
—¡Cómo! dijo uno, ¿las sesenta y seis onzas?
—Todo, dijo Espinosa.
Unos amigos acompañaron á la niña á su casa, y dicen que allí pasó una escena, junto al lecho del anciano, capaz de conmover corazones de bronce.
En cuanto á Espinosa, siguió de excelente humor, jugó, ganó, y no se volvió á hablar de la tocaya de la madre del género humano.
Eva, bien aconsejada, depositó su dinero y siguió con su armónico ganando la vida.
Espinosa no cambió en lo más leve de conducta; siempre atento, siempre respetuoso, al extremo de sufrir algunas bromas por insensible con Eva.
Quien hubiera sondeado el alma diáfana de la pobre niña, la habria hallado ménos tranquila; quien se hubiese fijado en sus cantos, habria sorprendido trémulos sollozos en las notas, que parecian solamente expresivas; y quien hubiera seguido los rayos furtivos de aquella mirada límpida, los habria visto deslizarse apasionados entre los rizos de cabellos que caian bajo el ala del galoneado sombrero de Espinosa.... pero todo esto pasaba inapercibido.... Eva era tan pobre.... Espinosa parecia tan preocupado con el placer y los negocios, que nadie siguió las peripecias del drama que se estaba representando al aire libre.
Los negocios exigieron la pronta salida de Espinosa, y éste, sin reserva alguna, hizo sus preparativos de marcha.