Un dia estaba Espinosa en el juego, sin tomar parte en él; algo se fastidiaba, cuando apareció Eva tocando su armónico.
Invitóla el jóven á que siguiese; lo hizo de buena voluntad; pero no era, como otras veces, la queja ni la súplica; era la golondrina parlera que saluda su pensil y las aguas de la fuente, en que se ha contemplado enamorada, y humedecido su pico charlador....
Espinosa mostró buen humor, sacó un puñado de onzas de la bolsa, y le dijo á Eva: “¿A cuál apostamos de tres y caballo?” La niña dijo: “Al tres,” y siguió gorgeando su cancion. El incidente aquel, por insignificante que fuese, produjo vivo interes.... el albur era hondo, no sé por qué todos tenian el alma en un hilo, querian que Eva acertara.... una carta.... no, no era caballo, era sota.
—Tres de oros viejo, gritó el montero, y se oyó una respiracion colectiva, como si todos hubieran contenido el aliento.
El montero pagó treinta y tres onzas, que era la apuesta de Espinosa; pero éste no tocó el dinero.... todos lo veian.
—Eva, dijo entónces el muchacho, ese dinero es tuyo.
Eva abrió los ojos como una insensata.
—Es tuyo, repitió Espinosa con naturalidad, pero con cierta energía: llévalo á tu padre.
La niña estaba indecisa, se puso encendida como la llama, y al fin prorumpió en sollozos.