Su trage denunciaba excesiva pobreza: era de lanilla rayada, deslavazado y con remiendos, pero muy limpio.
La niña tocaba el armónico, que obedecia dulcísimo á sus presiones hábiles, y así imploraba la caridad á la entrada de las fondas, de los juegos y de las casas de huéspedes.
No obstante el desórden que por todas partes reinaba, pocas ó ningunas veces era aquella niña molestada ni con una mirada.
Y era justo: se descubria tan pura inocencia al través de su mirada melancólica, denunciaba tan hondo dolor su actitud digna y llena de sencilla naturalidad, y tenia dulzura tan angélica su voz, que parecia imposible que la perversidad misma atropellase tantos encantos.
Además, no faltó quien dijese á la colonia mexicana, de que era favorita, que Eva (este era el nombre de la niña), tenia un padre anciano tullido y demente á quien mantenia con sus limosnas, que su conducta era angelical y que su descanso lo empleaba en atender á su padre y tocarle y cantarle, porque con eso encontraban alivio las penas del anciano.
Como tengo dicho, la niña recibia toda especie de atenciones en el grupo mexicano, donde no solo tocaba su armónico, sino que se acompañaba á veces canciones tan vaporosas, tan llenas de sentimiento, tan empapadas en lágrimas, que eran el contrasentido, la aberracion y la inconsecuencia seductora del tumultuoso concurso.
Entre todos nuestros amigos, uno á quien llamaremos Espinosa, porque así lo exige la discrecion, la socorria con más asiduidad y delicadeza que los otros: álguien decia que porque le inspiraba amoroso afecto; pero habia quien atribuyese tal preferencia al pago del tributo á un recuerdo apasionado de una jóven adorable de nuestra tierra.
Pero ni la maledicencia ni nada pudo empañar la pureza de Eva, que pasaba solitaria á su morada en las altas horas de la noche, al rayo de la luna, tarareando esas canciones hijas de las olas del Adriático, que besan y acarician cuando llegan á nuestros oidos.
Eva, reconocida sin duda á la respetuosa conducta de Espinosa, le mostraba cierta preferencia de gran señora, que á todo el mundo agradaba.
Y era justa de parte de Eva semejante distincion; aquel muchacho maniroto, atrevido, no muy cauto al esgrimir la sin hueso, á la presencia de Eva tenia cierta compostura, y la niña entónces le pagaba en melodías dulcísimas sus caballerosos cuidados.