Como potros sin rienda nos desatamos en los Angeles: todos eran amigos, nos llamaban de todas las casas, comiamos y bebiamos con todo el mundo, y nos brindaban dinero por todas partes.
Un ranchero á quien caí en gracia solo por su querer, me dijo que íbamos en vaca de los albures que estaba jugando, y al dia siguiente, sin más ni más, me puso en posesion de veinte libras de oro que dizque habia yo ganado, sin saber por qué regla.
Mi fortuna fué tan loca, que por un caballo que compré en Sonora en cincuenta pesos, me dieron quinientos, y vendí á trescientos pesos cada una de las treinta mulas que saqué de mi tierra, y me costaron á cuarenta pesos.
Los placeres del oro estaban situados en la Sierra, que en todas sus crestas, cañadas y accidentes, se vió sembrada de habitaciones y tiendas que blanqueaban entre las rocas y al través de los gigantescos pinos, alisos, madroños y encinas, que bordan riachuelos y cascadas.
Aun no se entronizaba el crímen en aquellos lugares en los primeros momentos; aun presentaban las campiñas algo parecido á la edad de oro; aun no se bañaba el metal, árbitro de la fortuna humana, con la sangre de los que en pos de la opulencia y la dicha, encontraron la persecucion y la muerte.
Me hizo partir de los Angeles un incidente que tiene sus puntas de sentimental, que parecerá á vdes. importuno referir aquí, y que, sin embargo, me impresionó muchísimo: ó más bien, dijo vacilando el Negro, lo pasaremos por alto....
—No, no, cuéntalo, dijimos todos á una voz.
—Habla todo lo que quieras.
Entre tanto el Negro echaba un buen trago, y dejando su copa sobre la mesa, continuó:
—Entre las gentes que reclamaban la piedad pública en aquella orgía estupenda, habia una jóven italiana de 17 á 18 años, cubierta de un garzolé blanco como la nieve, erguida, rubia, de ojos de cielo, y de dentadura que iluminaba las sonrisas que jugaban entre sus labios, como un manantial de luz.