No habia ni rastros de autoridad, ni de órden, ni de nada.
Todas las accesorias eran fondas, juegos ó casas de baile; en medio de las calles, bajo toldos formados de estera y lienzos, habia tambien juegos, bailes y cantinas, y era aquello una bola tumultuosa en que se hablaban todas las lenguas, se ostentaban todas las costumbres y se proclamaba por el mismo demonio, que se tendia de risa, el triunfo de los siete pecados capitales.
Entre esta hervidora invasion, en la que se veia brotar el oro, como el agua entre las piedras de un torrente, aparecian los tipos característicos de la antigua poblacion, conservando nuestras antiguas tradiciones de colonia.
Los californios, altos, morenos, con sus grandes trenzas, muy bien formados; las mujeres macizas, corpulentas, de ojos divinos, de infinita gracia.
Vestian los hombres pantalon ajustado de punto, chaleco y chaqueton ó chupa de seda, y calzaban zapatos morunos.
Las señoras usaban túnicos escurridos, de alto talle y ruedo que daba sobre sus tabas, calzadas como las señoras de México á principios del siglo. Algunas llevaban peineton.
Las mujeres eran escasas, y solian algunos pagar, por el honor de visitarlas, diez onzas de oro.
Puede formarse idea de los Angeles de aquella época, quien conozca los pueblos de Atzcapotzalco, San Juanico, Mixcoac y otros de los alrededores de México, ó algunas villas de tercer órden del interior.
Al Sur de la pequeña poblacion de los Angeles corre el rio de su nombre, y en sus vegas y llanuras se producen uvas, peras y duraznos, que enriquecen las huertas de lo que se llama el barrio de Sonora.
Hoy aquella es una ciudad americana, con treinta mil habitantes, su magnífico puerto de San Pedro, y por las orillas de la ciudad atraviesa el ferrocarril, que se liga con el del fuerte Yuma, que ya hemos dicho está en la confluencia de los rios Gila y Colorado.