—Como es sabido, los primitivos pobladores de California fueron de Sonora, Sinaloa y Horcasitas, y aunque tibias y tardías las relaciones, el árbol ama su raíz, y siempre se mantenian amistades.

Cuando la fiebre del oro, en 1848, llevaron á nuestras tierras la noticia, aquellos hombres llenos de asombro y de riquezas, Juan, que era comerciante del tres al cuarto, Pedro el vaquero, Fulano el arriero, el mozo de mandados, el quídam que pedia limosna, llegaron ostentando grandes trenes, ricos relojes, armas hermosísimas, y contando maravillas: el oro, segun ellos, brotaba por todas partes, inundaba; habia lagos y montañas del precioso metal, y en los placeres, vino corriendo como en Jauja, muchachas deliciosas, y hombres compartiendo su riqueza con todo el género humano.

Yo tenia quince años, la sangre hervia en mis venas, y la espectativa de aventuras inauditas, de aquellas fabulosas fortunas, y el volver derramando onzas de oro, haciendo la dicha de cuantos me rodeaban, como el héroe de una leyenda de las “Mil y una noches,” me enloqueció realmente.

Reuní hasta treinta mulas, me proveí de caballos y de mozos valientes y diestros ginetes, y se me unieron algunos amigos, con los cuales formé una de tantas caravanas que, con temerario arrojo, se lanzaron á atravesar aquellos espantosos desiertos.

Así salió en són de conquista nuestra caravana del Altar, entre las bendiciones de nuestros padres, las señales de envidia de nuestros amigos y las lágrimas de nuestras novias, con las que nos haciamos los importantes, dándonos el aire de que íbamos á la conquista del Vellocino de oro.

Pasamos con felicidad al frente de los Papagos y Pimas, terror de aquellos desiertos; dejamos á un lado los indios areneños, que son feroces y se mantienen de ratones, ratas y víboras, porque no hay idea de lugares más sombríos y más estériles, y llegamos al fin á la confluencia de los rios Colorado y Gila, que formando, aunque imperfectamente, como los dos brazos de la parte superior de una Y griega, invade en todas direcciones nuestro territorio, despues de los tratados, siempre irreflexivos y funestos de Guadalupe y la Mesilla, conocido este segundo con el nombre de Tratado de Gasden. A esa confluencia llega hoy el ferrocarril, tocando el fuerte Yuma, situado en la union de aquellos rios.

Despues de haber llegado al punto descrito, venciendo mil penalidades, nos internamos en otro desierto, más sombrío y más peligroso que el anterior.

Allí aumentó el espanto que llevábamos, el espectáculo de caravanas perdidas, de carros, herramientas y despojos de trenes regados por el suelo, y de esqueletos de animales, que parecian dar testimonio, en aquellas soledades, de la imposibilidad de la vida.

Rendidos de fatiga, agotadas las fuerzas de nuestros animales, temerosos de haber perdido el rumbo, y al entregarnos á la desesperacion, pernoctamos en una espantosa llanura en que el desamparo parecia tener su asiento, y la muerte su terrible dominio.

Los criados que vigilaban nuestras béstias, con los primeros albores del dia descubrieron al Norte, y como asomando entre árboles y montones de tierra, unas casitas blancas. Era el pueblo de los Angeles, hoy de tanto renombre. Gritaron los criados, corrió la gente, estallamos en demostraciones de contento, y regocijados y risueños, partimos y llegamos á la pequeña poblacion, que tendria habitualmente cuatro mil almas, pero que en aquellos momentos era como un vasto hotel en que se alojaban gentes de todas las naciones.